Meditación: habitar el silencio
La primera vez que me senté a meditar, mi mente gritaba.
Fue en un retiro de Zen, mi primer contacto con la meditación, con Dokushô Villalba. Yo no había meditado nunca. Me senté de cara a la pared, en silencio… y por dentro era todo lo contrario al silencio: una voz repitiendo sin parar me levanto y me voy, me voy a casa, no puedo más. Una y otra vez. Como si algo dentro de mí estuviera chillando.
Hasta que, el último día, alguien se acercó y, con un gesto mínimo —apenas un dedo en mi columna—, me recolocó. Y entonces, de golpe, la mente se paró en seco. Solo quedó silencio. Y en ese silencio, algo empezó a desplegarse dentro de mí.
Quizá tú también conozcas esa mente que no calla…

Meditar no es lo que crees
Solemos imaginar que meditar es poner la mente en blanco, dejar de pensar, alcanzar una calma perfecta. Y entonces lo intentamos, vemos que la mente sigue ahí parloteando, y concluimos: yo no sé meditar, esto no es para mí.
Pero meditar no es eso. Yo aprendí, con el tiempo, que la meditación no se hace: sucede. No me siento a meditar; me siento en silencio, y la meditación es un estado que, cuando se dan las condiciones, acontece. No se fuerza, igual que no se puede forzar el sueño. Solo puedes prepararte, sentarte, y dejar espacio.
Y en ese espacio, antes o después, aparece algo: una atención que observa, serena, sin juzgar. Un testigo silencioso que estaba ahí todo el tiempo, debajo del ruido.
Tu mente es como un cachorrito
Entonces, ¿qué hago con esta mente que no para?
Nada que la fuerce. La mente divaga porque esa es su naturaleza: salta de un pensamiento a otro, se va detrás de lo que tienes que hacer mañana, de lo que alguien te dijo, de la lista de la compra. Y más aún hoy, rodeadas de pantallas que la entrenan para saltar sin descanso.
Un maestro de meditación me dijo una vez que la mente es como un cachorrito. Lo pones delante, le pides que se quede quieto… y a los dos segundos se ha ido. Y tú, en lugar de enfadarte, lo recoges de nuevo —con esa ternura que da un cachorro— y lo vuelves a poner en su sitio. Y se vuelve a ir. Y lo vuelves a coger. Con dulzura, sin reproche.
Meditar es eso. Eliges un soporte para la atención —la respiración, el roce del aire en las fosas nasales, un sonido—, algo tan sencillo que a la mente le aburre, y hacia ahí llevas tu atención. La mente se irá, claro que se irá. Y el instante en que te das cuenta de que te has ido… ese instante es la meditación. No quedarte: darte cuenta y volver. Una y otra vez. Sin enfadarte. Como con el cachorrito.
Si quieres empezar por tu cuenta
Empieza con poco. Unos minutos bastan; no necesitas más.
Vale más un ratito cada día que una hora de vez en cuando.
Date permiso para tantear distintas formas, sin prisa, hasta dar con la que te resuene.
Y, sobre todo, que no se convierta en una exigencia más. No hay una manera correcta: basta con que te sientes.
Recogerse hacia dentro
Hay un momento, en la práctica, en que algo cambia. Dejas de salir hacia afuera —hacia los ruidos, las imágenes, los estímulos— y empiezas a recogerte hacia dentro. Los estímulos siguen llegando, pero ya no sales tú a buscarlos: llegan a ti, y los recibes desde tu centro, desde esa serenidad que has ido construyendo poco a poco.

El yoga, que conoce este camino desde hace milenios, lo llama Pratyahara: la retirada de los sentidos del exterior hacia el interior. Es la puerta. Cuando dejamos de derramar la atención hacia afuera, la mente se aquieta casi sola, y empieza un recogimiento, un volver a casa.
Y si te quedas ahí, con suavidad, la atención se asienta hasta que el esfuerzo se disuelve y aparece un fluir. El tiempo se diluye. A veces, en ese silencio, se roza algo más grande: una sensación de unidad, de que la separación que creías tan sólida era más fina de lo que pensabas. Hay quien dice que ese estado está siempre a una respiración de distancia. Yo lo he sentido así.
La meditación, corazón del acompañamiento
Para mí, la meditación no es un añadido a la terapia: es su corazón.
Cuando nos sentamos en silencio, se abren cosas. Llegan recuerdos, imágenes, y de pronto algo encaja —cae la ficha— con una claridad que el pensar y pensar nunca da. La meditación nos saca del rincón estrecho desde donde solemos mirar y nos devuelve una mirada más amplia. Es, en el fondo, el mismo darse cuenta que atraviesa toda mi forma de acompañar.
Y hay algo que me parece precioso: la emoción también puede ser un soporte para la atención. En lugar de huir del miedo o de la tristeza, podemos mirarlos como un testigo amable, sin juicio. Y entonces descubrimos que no somos esa emoción —nos afecta, sí, pero no nos arrastra—. Poco a poco va cayendo el sufrimiento añadido, ese dolor de más que nace de resistirnos a sentir. Cambia, por completo, nuestra relación con lo que sentimos.
Por eso, en mis sesiones de yoga y de terapia, la sala se vuelve una especie de laboratorio: un espacio seguro donde ensayar, con tres apoyos sencillos —la atención, la columna y la respiración—, eso que luego queremos llevar a la vida. Porque cómo estamos en la esterilla suele ser un reflejo de cómo estamos en todo lo demás.
Hoy la ciencia confirma lo que la tradición sabía hace siglos: que esta práctica serena la mente, calma el cuerpo y nos ayuda a habitar lo difícil. Pero, más allá de los datos, lo que la meditación te devuelve es a ti misma.
Si quieres empezar, acompañada
No hace falta que sepas. No hace falta que lo hagas «bien». Solo hace falta que te sientes, y que estés dispuesta a volver, una y otra vez, con amabilidad.
Acompaño esta práctica de varias formas. La meditación está presente en mis sesiones de yoga y yogaterapia, y también en el trabajo terapéutico, individual y de grupo. Y este curso abro, además, un espacio de meditación grupal: un encuentro periódico para sentarnos juntas en silencio y sostener la práctica en compañía.
Nos encontramos de forma presencial en Getxo y Bilbao, o en línea, allá donde estés.
Si sientes que es tu momento, aquí estaré.
