El tiempo, el duelo y lo que permanece.

Persona descansando en una hamaca en medio de la naturaleza, símbolo de calma, reflexión y conexión con lo esencial, que permanece tras un proceso de duelo.

En 2014, durante una visita a mi hermana, tomé esta foto desde una hamaca colgada entre dos árboles. Es una imagen sencilla: mis pies relajados, el horizonte amplio, el monte al fondo, la luz suave de una tarde de verano. Recuerdo con claridad ese momento de calma, de presencia. Todo parecía estar bien.

Hoy, en 2025, once años después, vuelvo a esta imagen y la siento distinta. Mis padres ya no están. Uno se fue en 2022, el otro en 2024. La vida ha cambiado profundamente. Yo también he cambiado. Y, sin embargo, al contemplar esta foto, reconozco algo que permanece: la paz, la naturaleza, la respiración, ese instante suspendido donde el tiempo parece detenerse.

Como terapeuta, acompaño a muchas personas en sus procesos de duelo. Y también lo habito en mí. Y sé que el duelo no es lineal ni predecible. No tiene una forma única, ni una duración establecida. Pero hay mapas que nos ayudan a entenderlo. Uno de ellos es el modelo de Elisabeth Kübler-Ross, que describe cinco etapas del duelo. No son fases rígidas ni necesariamente secuenciales, pero ofrecen un lenguaje para nombrar lo que sentimos.

Las cinco etapas del duelo según Elisabeth Kübler-Ross

  1. Negación:
    Es el primer escudo del alma. Un mecanismo de defensa que nos protege del impacto de la pérdida. “Esto no puede estar pasando”, “No puede ser verdad.” Yo también pasé por ahí, incluso cuando mi mente sabía lo que estaba ocurriendo. El cuerpo y el corazón tardan más.
  2. Ira:
    A veces dirigida a otros, a la vida, o incluso a quienes se fueron. Otras veces más sutil: una irritabilidad difusa, una impaciencia con todo. Sentir rabia también forma parte del amor. Porque perder duele, y el dolor necesita salir.
  3. Negociación:
    Es la etapa de los “y si…”. “Si hubiera hecho algo diferente”, “Si hubiera estado más cerca”, “Si la medicina hubiera llegado antes…”. Es una forma de tratar de recuperar el control. Yo también busqué sentido, traté de entender, de encontrar alguna línea lógica en medio del vacío.
  4. Depresión:
    No como enfermedad, sino como reconocimiento del dolor. Es cuando el alma asienta la realidad de la pérdida. Puede haber tristeza, agotamiento, desorientación. En mi caso, hubo días en los que el silencio se volvía más denso. Pero también fue ahí donde empecé a sostenerme de verdad. A dejarme sentir.
  5. Aceptación:
    No es resignación. Es abrir espacio en el corazón para lo que ha pasado. Es decir “sí” a una realidad que no elegimos, pero que forma parte de nuestra vida. Es seguir caminando, con cicatrices que también son memoria. Y es, quizás, mirar una foto como esta y poder sentir gratitud, junto a la nostalgia.

Volver a esta imagen once años después me conecta con el ciclo de la vida, con el poder de la presencia, y con el misterio del duelo: ese proceso que nos transforma sin pedir permiso. Como terapeuta, me siento profundamente honrada de acompañar a quienes atraviesan estos caminos. No hay fórmulas. Solo escucha, respeto y tiempo.

Si tú también estás viviendo un duelo —por una pérdida, una etapa que termina, un cambio que no pediste—, quiero decirte esto: no estás sola. La tristeza, la rabia, el desconcierto… todo tiene lugar. Y con acompañamiento, todo puede encontrar sentido.

La paz no siempre viene del afuera. A veces está, simplemente, en aprender a estar con lo que hay.

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